Iba a escribir un mensaje en “Indignada” acerca de la intrusion de las marcas comerciales en los espacios publicos y en los espacios de “las conciencias” con la consecuente desvirtualizacion, perversion y corrupcion de los ideales no sólo de una sociedad si no de más de una generación.
Lo iba a escribir por que ya surgio el tema esta Semana Santa frente a un par de latas de Guiness y una botella de Ron en esos momentos en los que te pones a hablar de como Cambiar el Mundo.
Y tenia muchisimas ganas de escribirlo gracias al Forum de Barcelona 2004, un claro ejemplo que iba a ilustrar el post.
El Forum de Barcelona (esbozo un poco sin entretenerme mucho) es una idea estupenda, en la que un monton de gente se reune cargada de buenas intenciones y comenta lo estupendo que ser?a que las empresas dejasen de pagar sueldos irrisorios en el tercer mundo a personas con una jornada laboral peor que la de un esclavo, en el Forum de Barcelona tambien se habla de “Desarrollo Sostenible” y de un monton más de cosas estupendas si se llevasen a cabo.
Hasta ahi es todo genial.
Que alguien se de un paseo por la lista de patrocinadores.
Tal vez haya gente que piensa que eso esta bien y que ya es hora de que las empresas hagan algo decente como patrocinar buenas ideas.
Yo no, a mi no me gusta que vacien una idea de contenido la reduzcan a un slogan y la usen para vender refresco, me gustan las ideas espesas y cargadas de contenido no las light sin azucar.
Por eso me gustaria recomendaros el libro “No Logo” de Naomi Klein, muy ilustrativo con respecto al tema que nos ocupa y del que os dejo un laaargo adelanto aqui debajo:
“No Logo: Por un mundo sin marcas
Naomi Klein
Yakarta. “Preg??ntele qu?? fabrica, qu?? dice la etiqueta. Â?Conoce la palabra etiqueta?”, dije, alzando la cabeza y retorci??ndome el cuello de la camisa. Estas trabajadoras indonesias se han acostumbrado a recibir personas como yo, extranjeros que vienen a hablarles sobre las espantosas condiciones que reinan en las fábricas donde cortan, cosen y pegan telas para empresas multinacionales como Nike, The Gap y Liz Claiborne. Pero no tienen ning??n parecido con las obreras textiles jubiladas que sol?a encontrar en el ascensor, en mi patria. Aqu? todas son jóvenes; algunas no tienen más de 15 a??os, y sólo unas pocas superan los 21.
Este d?a preciso de agosto de 1997 las espantosas condiciones en cuestión han provocado una huelga en la fábrica de vestidos Kaho Indah Citra, en las afueras de Yakarta. El problema de las obreras de Kaho, que ganan el equivalente a dos dólares diarios, es que las obligan a hacer muchas horas extras todos los d?as, pero no les pagan lo que manda la ley. Despu??s de tres d?as de inactividad, la empresa les ofreció un compromiso t?pico de la región: no ser?a obligatorio hacer horas extras, pero la paga seguir?a siendo inferior a lo legal. Las 2 mil trabajadoras volvieron a las máquinas de coser excepto 101 jóvenes que, seg??n dictaminó la patronal, hab?an sido las organizadoras de la huelga. “Hasta ahora, nuestra situación no se ha resuelto”, me dijo una de ellas, llena de frustración.
La entend? muy bien, pero siendo extranjera y occidental, quise saber qu?? marca de ropas hac?an en la fábrica de Kaho; si quer?a difundir aquel caso en mi pa?s, era necesario encontrar alg??n gancho. En ese momento ??ramos 10 personas reunidas en un sótano de cemento apenas más grande que una cabina telefónica, dedicadas a hacer chistes sobre el movimiento sindical.
-Esta empresa fabrica mangas largas para las estaciones fr?as -informó una obrera.
-Â?Jers??is? -aventur??.
-Creo que no. Si vas a salir y es invierno, tienes que ponerte un…
-Â?Un abrigo! -adivin??.
-Pero grueso no. Ligero.
-Â?Chaquetas!
-S?, son como chaquetas, pero largas.
Es fácil entender aquella confusión; en los trópicos los abrigos no son necesarios, por lo que no figuran en el vocabulario ni en los roperos. Y sin embargo, cada vez hay más canadienses que no pasan sus fr?os inviernos con abrigos hechos por las tenaces costureras de la avenida Spadina (calle en el viejo distrito textil en Toronto), sino por jóvenes asiáticas que trabajan en climas cálidos como este. En 1997, Canadá importó anoraks y chaquetas de esqu? de Indonesia por valor de 11.7 millones de dólares, 4.7 millones más que en 1993. Eso ya lo sab?a. Pero todav?a no me hab?a enterado de la marca de los abrigos largos que fabricaban las obreras de Kaho antes de ser despedidas.
-Ah, largos. Â?Y de qu?? marca?
Susurraron entre s? y finalmente dijeron: “London Fog”.
Una casualidad de la globalización, supongo. Iba a contarles que el edificio donde vivo en Toronto es una antigua fábrica de abrigos London Fog, pero me call?? la boca cuando advert? que la idea de que alguien viviera en una fábrica de ropa las asustaba. En esta parte del mundo, todos los a??os mueren cientos de trabajadores que duermen encima de sus talleres, a trav??s de los cuales es imposible escapar en caso de incendio.
(…)
Por lo general los informes sobre la red mundial de logos y de productos se presentan envueltos en la retórica triunfal del marketing de la aldea global, un sitio incre?ble donde los salvajes de las selvas más remotas manejan ordenadores, donde las abuelitas sicilianas hacen negocios por medio de la electrónica y los “adolescentes globales” comparten “una cultura global”, para repetir la frase de la página de Internet de Levi Strauss. Desde Coca Cola hasta McDonald\’s y Motorola, todas las empresas organizan sus estrategias de marketing seg??n esta visión posnacional; pero la campa??a que con más acierto capta la promesa igualitaria del planeta unido por las marcas es: “Soluciones para un peque??o planeta”, de IBM.
El inter??s que ha despertado esta versión eufórica de la globalización no ha tardado en desvanecerse, y las grietas y las fisuras ocultas tras su brillante fachada han quedado al descubierto. Durante los ??ltimos cuatro a??os, los occidentales hemos comenzado a ver otro tipo de aldea global, donde la desigualdad económica se ensancha y las oportunidades culturales se estrechan.
Es la aldea donde algunas multinacionales, lejos de nivelar el juego global con empleos y tecnolog?a para todo el mundo, están carcomiendo los pa?ses más pobres y atrasados del mundo para acumular beneficios inimaginables. Es la aldea donde vive Bill Gates y amasa una fortuna de 55 mil millones de dólares mientras la tercera parte de sus empleados están clasificados como temporales, y donde la competencia queda incorporada al monolito de Microsoft o se hunde en la obsolescencia por obra de la ??ltima haza??a de creación de software.
Es la aldea donde estamos mutuamente conectados por una red de marcas, pero el rev??s consiste en arrabales como los que vi en Yakarta. IBM sostiene que su tecnolog?a está presente en todo el mundo, y es verdad; pero con frecuencia esa presencia significa que los obreros mal pagados del Tercer Mundo fabrican los microcircuitos de ordenador y las bater?as que mueven nuestros aparatos. En las afueras de Manila, por ejemplo, conoc? a una muchacha de 17 a??os que ensambla unidades de CD-ROM de IBM. Le dije cuánto me sorprend?a que alguien tan joven pudiera realizar este trabajo de alta tecnolog?a. “Nosotros hacemos los ordenadores ?me dijo?, pero no sabemos manejarlos”. Despu??s de todo, parece que nuestro planeta no es tan peque??o.
Ser?a ingenuo pensar que los consumidores occidentales no se han beneficiado con las diferencias que hay en el mundo desde los primeros d?as del colonialismo. El Tercer Mundo, seg??n dicen, siempre ha existido para mayor comodidad del primero. Lo nuevo, sin embargo, es el inter??s por investigar los lugares de origen de los art?culos de marca, que son lugares donde las marcas no existen. As? se ha descubierto que el origen de las zapatillas Nike son los infames talleres de Vietnam; el de las ropitas de la mu??eca Barbie, el trabajo de los ni??os de Sumatra; el de los caf??s capuchinos de Starbuck en los cafetales ardientes de Guatemala y el del petróleo de Shell en las miserables aldeas del delta del N?ger.
* * *
No debe pensarse que No logo pretenda ser un t?tulo literal, ni un logo del post-logo (pues seg??n me dicen ya existe una marca de ropa llamada No Logo). En realidad, se trata de un intento de reflejar la actitud de rechazo a las grandes empresas que veo nacer en muchos jóvenes politizados.
Este libro se basa en una hipótesis sencilla: que a medida que los secretos que yacen detrás de la red mundial de las marcas sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, su exasperación provocará la gran conmoción pol?tica del futuro, que consistirá en una vasta ola de rechazo frontal a las empresas trasnacionales, y especialmente aquellas cuyas marcas son más conocidas.
Sin embargo, debo advertir que este no es un libro prof??tico, sino de observaciones de primera mano. Constituye un examen de un sistema de información, de protesta y de planificación, en su mayor parte subterráneo pero ya lleno de actividades e ideas, que se extiende por encima de las fronteras y que ya abarca varias generaciones.
Hace cuatro a??os, cuando comenc?? a escribir este libro, mis hipótesis se basaban sobre todo en intuiciones. Hab?a hecho algunas investigaciones en los ambientes universitarios y descubierto que muchos de los estudiantes que conoc?a se sent?an preocupados por la intrusión de las empresas privadas en las escuelas p??blicas. Les ofend?an los anuncios que comenzaban a insinuarse en las cafeter?as, en los espacios comunes y hasta en los lavabos; no les gustaba que sus escuelas firmaran contratos para la distribución exclusiva de bebidas sin alcohol o con fabricantes de ordenadores, ni que los estudios universitarios comenzaran a parecerse cada vez más a investigaciones de mercado.
Les preocupaba que el nivel de ense??anza se redujera porque se daba prioridad a los programas que mejor permit?an integrarse en el sector privado. Tambi??n planteaban graves objeciones ??ticas contra las prácticas de algunas empresas con las que sus universidades se asociaban, y no tanto por sus actividades en las universidades mismas, sino por lo que hac?an en el extranjero, en pa?ses como Birmania, Indonesia y Nigeria.
